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AMELIA
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[Pasado] Fiesta en la Villa Syrup [Phoebe Cooper]

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Mensaje por Killian Jones el Vie Sep 06, 2013 12:18 pm
Con una pequeña mochila grisácea a la espalda, el pelinegro caminaba por las playas de la isla de Syrup. El colgante pendía de un hilo resistente atado a su cuello, de forma que quedaba colgando. Como siempre, y para qué variar, iba vestido con aquellos típicos ropajes negros que tanto le gustaban. Una camisa de cuello alto sin mangas, abierta hasta más o menos la zona superior del pectoral, con tres pequeñas cruces metálicas apostadas en su superficie para darle algo más de color. Sus pantalones oscuros eran bastante finos, pegados a sus pantorrillas hasta que las botas trenzadas se acoplaban a la altura de la rodilla. Sus brazos se mostraban un poco musculados, sobre todo en la zona de los hombros, en la cuál el joven tenía unos tatuajes en forma de X bastante simétricos entre sí. Su pelo caía en mechones oscuros por su frente y hasta llegar casi al final de la espalda. Y en lo alto de su oreja izquierda, un abalorio metálico indicaba que había sido un personaje de la nobleza tiempo atrás. Guantes oscuros tapaban sus manos, mas dejaban entrever los dedos blanquecinos. La noche en sí misma estaba reflejada en él, y sus ojos incoloros le hacían tener rasgos exóticos, y a la vez, intimidantes. Por último, un anillo colocado en su dedo corazón de la mano derecha le recordaba de dónde provenía, un recuerdo de su madre que siempre portaba consigo, no importaba a donde fuera.

- Por fin, espero haber llegado a tiempo - Sonrió el pelinegro, mientras que sus colmillos blanquecinos se mostraban relucientes en el interior de su boca. Pestañeando alguna que otra vez, observaba los fuegos artificiales que se escapaban por los tejados de las casas de la ciudad. Sus pasos comenzaron a hacerse más amenos, yendo en la dirección en que salían volando dichos artilugios.

Atravesó la playa en la que había desembarcado con un pequeño bote, sin ningún acompañante esta vez, mientras que en su mochila llevaba algunos accesorios que podría vender, además de comida para pasar el tiempo sin preocuparse de nada. Suspirando con fuerza, el chico comenzó a subir por la gran cuesta que llevaba a la ciudad. En Syrup, se encontraba en lo alto de unos terraplenes, a los cuáles sólo se podía acceder por aquellas rampas tan empinadas y largas que estaba recorriendo. La vegetación era muy abundante, y la fauna no parecía ser cosa de otro mundo. Durante el transcurso de su viaje, encontró pájaros que volaban en bandadas, pequeñas lagartijas que reptaban por los troncos de los árboles, y alguna liebre que correteaba entre los matorrales. Minutos más tarde, que a él le parecieron eternos, alcanzó la cima de aquella extensión de terreno, encontrando un camino bien "redactado" que le llevaría directamente hacia la ciudad.

Conforme se iba acercando, un gran bullicio se escuchaba como si de tambores se tratasen. La gente corría por las calles, sobre todo los niños pequeños, mientras que las personas más mayores se encontraban sentadas en sus sillas a la puerta de sus casas. La gente bebía, y un grupo en la plaza central lanzaba cohetes hacia el cielo. Estos explotaban al alcanzar una determinada altura, convirtiéndose en esferas relucientes de diversos colores y formas, a la vez que la gente aplaudía y sonreía por el buen espectáculo ofrecido. Las cervezas y copas de whisky se alzaban en brindis diversos organizados por los fiesteros del pueblo. En resumen, una fiesta de la isla bastante agradable a cualquier visitante que se preciase a ir hacia allí.

- Creo que sería una falta de respeto no tomarme algo con ellos, aunque no sea de por aquí - Comentó, con una expresión agradable y simpática. Muchas de las personas que había alrededor se le quedaban mirando, ya que claramente pocas personas llevaban armas atadas a su cinturón en aquel lugar, y menos con unos ojos tan terriblemente abrumadores.

Por tanto, el joven pelinegro se acercó hacia una de las barras en las que se estaban sirviendo la bebida, apoyando su mochila en la barra para que no hubiera ningún intento de robo. Cuando el camarero se acercó para preguntarle qué quería, él simplemente pidió un vaso de ron con dos cubitos de hielo. El hombre se lo preparó con muchas ganas y con una simpatía que parecía artificial, haciendo que su vaso deslizara por la barra hasta que quedó en manos del chico. Además, le dijo que invitaba la casa, por lo que aquello parecía ser una noche totalmente redonda. Tomando su vaso y dando un pequeño sorbo al líquido que contenía, comenzó a andar por aquellos lares en busca de diversión y espectáculo.

- Todo muy bonito. La gente sonríe mientras que ocultan sus preocupaciones, beben y beben hasta que su estómago no puede retener más líquido, lanzan cohetes por ningún motivo en especial. Eso es una fiesta. Y yo no estoy hecho para este tipo de ellas - Dijo en voz baja, como si sus cuerdas vocales emitieran algo más silencioso que un susurro.

Sus pies comenzaron a moverse, apartándose de la marabunta de personas que bailaban, bebían y hablaban en torno a una gran hoguera encendida recientemente. El olor a madera quemada le reconfortaba, pero a la vez le traía oscuros recuerdos que era mejor dejar en el baúl del pasado. Llegó a una valla de madera, donde apoyó su cuerpo y su antebrazo de la mano libre que no sostenía el vaso, arqueando parcialmente la espalda y adoptando una posición relajada. Dando un nuevo sorbo a su bebida, observaba con sus ojos incoloros, sin expresividad, la felicidad del mundo humano.
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Mensaje por Phoebe Cooper el Vie Sep 06, 2013 2:18 pm
Sus pies descalzos empezaban a sentir poco a poco la calidez de la arena. Sus dedos se sumergían poco a poco en la playa y luego volvían a aparecer en la superficie, moviéndose lentamente. Las uñas de un color azulado, parecían hacer juego con las olas que acariciaban armoniosamente aquel paisaje veraniego. El rostro femenino empezaba a mostrar poco a poco aquella sonrisa tan propia de ella. - Abuelo, esto está genial. - La voz todavía sonaba aniñada, demasiado suave para una chica de veinte años., con aquellos atributos que hacían identificarla como una mujer hecha y derecha. Su cuerpo se encorvó hacía una pequeña piedra con reflejos verdosos. Su dedo se acercó vertiginoso, y sin pensárselo dos veces empezó a tocarla un par de veces.. La aparente piedra empezó a sacar lo que parecían ser patas, y empezó a caminar rápidamente hacía la orilla, hasta desaparecer entre el agua. - Ahm, era un bicho pero se escapó. - Su expresión de casi decepción se borró en cuestión de segundos, antes de volverse hacía el viejo que la alcanzaba con paso tranquilo. Su cabeza fue rápidamente apresada por la gigante mano del hombre. Sus alitas empezaron a moverse nerviosas, aunque poco a poco aquella cálida sonrisa volvía a ella. -Llegó el momento de descansar. - susurró el hombre.

Habían zarpado en aquella isla seguramente para alguna misión, pero la cabeza de Phoebe muchas veces se distraía con cosas propias de las niñas. Extendió la mano con delicadeza, agarrando el brazo ajeno y quitando la mano de su cabeza. Su tacto empezaba a recorrer la piel envejecida por los años, mientras se ponía al mismo nivel que su abuelo y empezaba a caminar poco a poco allá donde la música alcanzaba su máximo sonido. Su cuerpo esquivaba con gracia aquel grupo de gente desorganizada, hasta llegar a una taberna en la cual entró acompañada, pero minutos después salió sola y sin ningún tipo de equipaje. Se paró en medio de la plaza y cerró los ojos. Una ligera sonrisa se dibujó sobre su rostro mientras los cabellos rubios estaban siendo revoloteados por una brisa marina y caliente. Ya estaba sola, y eso sólo significaba una cosa: disfrutar. El brillo de sus ojos había cambiado un tanto, y ese cambio no era más que uno de los muchos que iba a experimentar aquella noche, como siempre. De su bolsillo trasero sacó una piruleta rosada que no tardó en metérsela en la boca y disfrutar de ese dulce aroma a fresa. Sus ojos empezaron a caminar entre la gente, intentando distinguir uno de los sitios dónde podría tener más éxito aquella tarde.

Juegos, bebida y diferentes distracciones hasta que las horas habían hecho de la tarde, noche. Su camiseta de cuadros se había perdido en alguna partida de póker, y sus vaqueros casi minúsculos estaban desabrochados, dejando ver una ropa íntima constituida de finas tiras amarillo fósforo que sobresalían de la cintura azul de su pantalón. Descalza, volvía a meter los pies en la arena, aunque ahora aquella sensación de calidez había desaparecido, pues la muchacha había dejado algún que otro sentido en la mesa del bar. Las burbujas de cerveza jugaban con su mente, entorpeciendo su vista, pero también su equilibrio. La música que antes bailó pareció no querer irse de su cabeza, hasta llegar a su boca y salir como un suave tarareo de algo prácticamente indescifrable. Su pie derecho parecía tropezarse con el izquierdo al caminar, y la poca estabilidad de la playa no era para nada de ayuda. En su caminar errático, una de las tiras del bikini se bajó sobre su hombro, y la joven paró su travesía al lado de una de las vallas de madera, intentando arreglar con cuidado aquel trágico suceso. Parecía estar sola, aunque tampoco se había tomado la molestia de fijarse en su alrededor. ¿Olor a hoguera? Ni siquiera lo estaba sintiendo. Su mente estaba demasiado concentrada en encontrar la forma de que sus uñas, hermosamente decoradas, entraran en el espacio formado por su hombro y la tira del bikini, sin romperse y luego, subirla con cuidado en su sitio.

No tardó en escucharse un sonido hueco, y la sonrisa de felicidad de la rubia se evaporó como si nunca hubiese existido
. - Mielda. - La lengua parecía adormilada, y el objeto de metal que la atravesaba no era de gran ayuda para pronunciar ciertas palabras bien. Las alitas blancas y pequeñas de su espalda empezaban a agitarse nuevamente, mientras que la rubia llevaba su mano hacía arriba, mirando la minúscula fisura que ese desafortunado incidente había logrado en su uña del dedo corazón.
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Mensaje por Killian Jones el Vie Sep 06, 2013 3:08 pm
¿Cómo era posible que la gente pudiera bailar y beber de aquella forma sin preocuparse de todas las cosas que pasaban a su alrededor? El pelinegro no daba crédito a ello. Bien que fuera una fiesta regional, pero es que olvidaban las cosas como si no tuvieran importancia. Llevando nuevamente el vaso de cristal hacia sus labios, vertió el contenido de este en el interior de su boca. El alcohol había hecho que sus mejillas se ruborizasen un poco, a la par que su aliento se volvía un poco más fuerte, debido a la graduación de la bebida. También llevó una de sus manos hacia la cabeza, rascando la mata de pelo que de ella crecía, cayendo en lacios mechones oscuros hacia sus hombros. Sus ojos incoloros estaban fijos en la gran hoguera que se había encendido en el centro de la plaza de aquella ciudad, y alrededor de la cual todos olvidaban sus penas. Suspiró, a la par que encerraba sus no pigmentados orbes bajo aquellos párpados bien delineados, realizando un gesto con el cuerpo de "vagancia". "Y yo que tengo el alma de un fiestero, ¿por qué estoy tan aburrido hoy?", pensó Killian, abriendo la boca y dando un bostezo bastante largo. Incluso arqueó su espalda hacia atrás, además de desperezarse. Un poco del contenido de la copa que tenía en las manos se vertió, pero poco le importaba. Si quería otra, no tenía nada más que hacer que volver hacia donde la había pedido anteriormente, y ponerle una de sus mejores sonrisas al camarero o camarera.

- Creo que es la hora de comenzar la cacería. Ya va siendo el momento, no quiero enturbiarme demasiado - Susurró para sí mismo, dándose un pequeño masaje en su cuello, poniendo el vaso de cristal encima de la barandilla de madera y dando unos pasos hacia adelante, buscando algo que realmente valiera la pena.

Con las manos dentro de sus bolsillos, el pelinegro empezó a andar. Sin embargo, sus oídos se dieron cuenta de una voz sumamente dulce, no más que una palabra que hizo que voltease su cara para mirar hacia donde provenía. Una joven que superaba la mayoría de edad estaba parada en medio del camino donde se había parado el pirata, con un cuerpo bendecido por los dioses. Las mejillas de Killian se ruborizaron al fijar sus ojos en los grandes pechos de la señorita, para luego frotarse la cara con el objetivo de quitar aquellos pensamientos pervertidos de su mente. ¿Por qué iba provocando de aquella forma? Suspiró, moviendo el cuello hacia los lados. Por la situación en la que se encontraba la joven, parece que necesitaba una mano de ayuda. ¿Y qué mejor caballero que el pelinegro para ofrecer su compromiso a una chica en apuros? Era el momento de hacer su movimiento.

- Perdona, lady… ¿Puedo ayudarte en algo? – Preguntó, con las manos en los bolsillos y una gran sonrisa en sus labios, ciertamente sexy. Ladeó su cabeza para que la coleta que tenía se desplazase hacia su derecha, de forma que ofreciera una imagen más servicial y agradable. Como buen pirata, tenía que saber aparentar lo que no era para pasar desapercibido, por lo que no era la primera vez que lo hacía.

Fue entonces cuando se fijó en que tenía unas alas angelicales a la espalda. ¿Era algún tipo de ángel caído del cielo? Lo dudaba, porque los ángeles no podían vestir de una forma tan provocativa. Por tanto, pensó que se trataría de una dama de una raza desconocida actualmente para él. Si existían gyojines y mujeres tritón, ¿por qué no chicas con alitas? Sonrió, mientras que sus blanquecinos dientes relucían en aquella noche que únicamente era iluminada por las hogueras de Syrup. Así, reuniendo un poco de valor para sus adentros, el pirata lanzó una segunda pregunta hacia la chica, mientras que sacaba las manos de los bolsillos de su gabardina y cruzaba los brazos por delante de su pecho:

- Es una pena que te hayas rayado la uña, así que como compensación te invitaré a un trago… Si es que no te da miedo venir con un desconocido – Diciendo aquello último para probarla. De siempre le había gustado lanzar frases que no cuadraban con la conversación para ver cómo respondían los demás. Siempre era agradable encontrarse sus caras de sorpresa o estupefacción. – Seguro que no es la primera vez que más de uno intenta ligar con una cara tan bonita, ¿me equivoco? – Terminó diciendo, separándose de ella un instante.

Fue hacia un árbol que había muy cerca, y apoyó su espalda sobre él. Además, levantó su pierna izquierda y la dobló, apoyando la suela de su bota en la corteza del árbol. Su mirada incolora y misteriosa se clavaba en los orbes de la chica, esperando sus respuestas con un poco de ansiedad. Estaba preparado para cualquier frase, ya que muy pocas veces se le lograba sorprender. ¿Hasta dónde llegaría aquella noche con la chica? No lo sabía, pero estaba cien por cien seguro que seguirían hablando durante un buen rato. Y quién sabe, tal vez terminara aceptando el trago…
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Mensaje por Phoebe Cooper el Vie Sep 06, 2013 6:10 pm
Su mirada fue atraída por una sombra que hablaba de una manera fascinante. Sus ojos de color miel pestañearon durante unos momentos, antes de que la figura se aclarase delante de sus narices, aunque un poco difuminado. ¿Eran dos tipos o sólo uno? Uno de sus ojos se cerraron, y finalmente aquella persona se centró, demostrando ser un joven rondando la veintena, con unos ropajes casi tan estirados como los de su abuelo, cosa que le daba un cierto aire de elegancia pero también un grado de familiaridad extraño. Quizás justo aquello fue lo que la impulsó a prestar un tanto de atención a sus palabras, aunque la mayoría de ellas solo llegasen a sus oídos como un 'blablabla' libidinoso y un tanto frío por otro lado, pero al cual pretendía contestar con la mayor rectitud posible. Le enseñó el dedo corazón al hombre, como si se tratase de un insulto ante aquellas palabras, aunque tan solo estaba contestando a su primera pregunta. Lo cierto es que una uña casi se te rompa no es nada agradable para una mujer, y mucho menos para Phoebe, que no dedicaba a todo su cuerpo ni la mitad de tiempo que a sus perfectas uñas. Obsesión, se podría llamar, o simple hobby. Sea como sea, aquello parecía de gran importancia para la rubia, que abría ahora lentamente los labios para sacar un balbuceo antes de las palabras propiamente dichas - Es una pena que usted, milord... hic... sea tan estúpido de invitarme a una bebida viendo el estado en el que me encuentro. - decía aquello mientras agitaba su dedo corazón delante de las narices del chico como una gran oradora. - Y por lo visto, desconocido-san, eres un jugador. - volvía a decir entre hipos.

Una sonrisa estúpida asomaba los dientes blancos de la muchacha, mientras daba un par de pasos descalza, para alcanzar el sitio donde el moreno se había sentado, aunque aún sus cuerpos no se tocaban, estaban bastante cerca de hacerlo -
Hahaha. Un jugador, dice. Pfffffffff. Mira usted que miedo. - meneó su traseo un par de veces, levantando sus manos como si estuviese siendo apuntada con una pistola, mientras que su mueca demostraba un claro sarcasmo y burla. En realidad, eso la traía sin cuidado. Era mucho más importante el daño que había sufrido su uña, que los 'blablablas' que siguieron saliendo de la boca del hombre. Hecho aquel gesto sin sentido, sacó su lengua burlona y agujereada, para después guardar un momento de silencio repentino. Yyyy, eso era todo. El chip había cambiado de repente. Sus ojos se volteaban al desconocido, y una lágrima caía sobre su mejilla. Estaba triste sin motivo aparente. De la nada. Un par de pasos fueron suficientes para acercarse a Killian. Si este se lo permitía, su pierna doblada iba a quedar entre los muslos de Phoebe, mientras que su tronco se iba a ver aplastado sobre el árbol por los prominentes pechos de la rubia. Su uña dañada acariciaría un tanto los labios del hombre. - Cura a Phoebe, ¿Sí? Phoebe ha sido una niña mala y se ha roto la uña... - susurraba la muchacha con voz temblorosa, como si realmente estuviese pidiendo perdón ante el desconocido.

La mano de la artillera intentó agarrar con delicadeza la muñeca del chico y levantarla lentamente hasta colocarla a la altura de su tira caída. -
Si curas a Phoebe, Phoebe te promete que irá dónde tú quieres....- ciertamente aquellas palabras llenas de dulzura podían cambiar en cualquier momento sin que ella se diese cuenta, pero por ahora se sentía demasiado triste, lo suficiente como para arrojarse en los brazos de aquel desconocido que no parecía querer ofrecer nada realmente buena para una muchacha en su condición y a aquellas horas tardías de la noche. A decir verdad, su mente estaba en calma, y en blanco. Estaba claro que no pensaba en nada ante aquellas acciones tan precipitadas, pero eso no la preocupaba, pues el daño del alcohol y de aquello tan superficial como romperse una uña necesitaban más dedicación que todo lo que le podía pasar en aquellos momentos. Su mirada se levantaba de a poco, observando primero el pecho del hombre que le sacaba unos veinte centímetros, después un cuello de piel tersa y joven, acabando finalmente con sus labios y ojos, a los que dedicó unos momentos largos hasta perder un tanto esa estabilidad frágil que aún poseía.
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Mensaje por Killian Jones el Sáb Sep 07, 2013 1:35 pm
Orbes de color miel, demasiado deliciosos para desperdiciar un contacto visual directo con ellos. Lo primero que aquella señorita hizo fue enseñarle su dedo corazón. Los avispados ojos despigmentados de Killian se fijaron en que había una pequeña fisura en la uña, por lo que alzó una de sus cejas, en una expresión interrogante. ¿Quería que le chupara la uña? No era de ese tipo de fetichistas, por lo que se extrañó un poco. Instantes después, ella le comentó que parecía una tontería que quisiera invitarla a un trago en su deplorable estado. ¿Estaba loca o qué? Solo se le había roto una uña y ya estaba haciendo de aquel hecho un mundo. Pero bueno, cada persona tiene sus obsesiones, así que no le dio mucha importancia. Además, le llamó jugador. Seguro que ya había previsto las intenciones libidinosas del pirata, aunque este no se inmutó para nada. Sabía a qué estaba jugando, y sabía que podían descubrirlo si se era lo suficientemente rápida de mentalidad.

- Si te curo la uña, ¿vendrás? – Intentando entrar a su juego, tocando el tema que más parecía preocupar a la chica de grandes atributos. Mostró una sonrisa, puesto que el hipo que dominaba el cuerpo de la señorita le hacía un poco de gracia. Por lo visto, ya venía un poco achispada de su lugar de origen. ¿Facilitaría eso las cosas? No lo sabía.

Apoyado en el árbol, se percató del movimiento de la chica, que se acercó demasiado a él. La sonrisa de su mirada se borró, pasando a un estado de alerta. Estaban tan cerca el uno del otro que podía respirar su perfume, inhalándolo por sus fosas nasales. Tuvo que tomar suficiente aire para hinchar su pecho y controlarse, puesto que el acercamiento entre ambos le incitaba a pecar. Fue entonces cuando la chica meneó su trasero y agitó las manos. Desde luego, estaba para encerrarla en un jodido manicomio, pero se lo perdonaría todo por ese cuerpo cincelado. Y un segundo más tarde, ocurriendo de una forma que el joven no pudo descifrar, la chica de ojos color miel demostró su lado más sentimental. Acercándose brutalmente a Killian, apoyó su pecho sobre los pectorales del pirata, mientras que la pierna apoyada de este rozaba los muslos de la chica. Un leve rubor se hizo presente en sus mejillas, a la par que giraba un poco su cuerpo para que la chica no notase cierto “objeto” apuntando hacia ella. Era muy suave, y pronto subió su temperatura como si hubiera entrado en una sauna. Le comentó que le curase el dedo, ya que había sido una chica mala, poniendo su dedo en los labios del pirata. Este le dio un sutil beso en la yema, para luego decirle:

- Ea, ea… Killian está aquí – Acariciando lentamente el dedo y añadiendo. – Sana, sana, culito de rana… Si no sana hoy, sanará mañana – Recitó algo que solía decirle su madre cuando se hacía alguna herida, recordando viejos pensamientos que pensaba que estaban ocultos en un baúl de recuerdos. Suspiró durante un segundo, apoyando la mano libre en la cabeza de la chica y revolviendo un poco su pelo, como intentando decirle que no tenía de qué preocuparse.

Fue entonces cuando la chica tomó esa mano, acercándola a la tira que llevaba caída de su ropa superior. Añadió que iría con él si lo arreglaba, por lo que el pelinegro no lo pensó un instante. Tomó con suavidad dicha tira, y empezó a subirla por el hombro de la chica, a la par que acariciaba la piel con su gesto. La joven alzó la mirada, y fue en ese momento cuando ambos se encontraron físicamente. Tan cerca y sin poder hacer nada, puesto que seguramente le daría un buen tortazo, era una auténtica pena. Disfrutó de aquel nimio contacto durante tres segundos, hasta que la tira volvió a reposar en su lugar adecuado. Y fue en ese momento, cuando tomó la barbilla de la chica con su mano libre, alzándola para que su cara quedase mirando a la suya. La diferencia de altura no era demasiada, y podía suplirse fácilmente. Su voz salió lenta de su garganta, aunque firme y segura, para susurrarle:

- Antes de venir conmigo, ¿me dirás tu nombre? – Habló, clavando sus incoloros orbes en los acaramelados ojos de la chica. No le hubiera importado acercar sus labios a los de ella, pero como saludo y presentación, aquello no había estado nada mal.
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